26 de marzo de 2012
Benedicto XVI llegó al centro geográfico de la Nación. Llegó a la tierra que hace más de 80 años se cubrió con la sangre de los mexicanos que se enfrentaron a su gobierno por defender su fe. Llegó a la tierra donde los hombres se fueron al monte para dar la vida por la libertad de creer y manifestar lo que creían. Pasó por lugares donde las mujeres se quedaron solas para cuidar los templos, salvar las siembras y enviar pertrechos a los esposos que combatían en los montes.
Los mexicanos que salieron a las calles de Guanajuato a dar la bienvenida al Papa Benedicto XVI, no conocieron esa etapa de nuestra historia; a algunos, tal vez, se la habrán contado sus abuelos, pero la mayoría no pudo sentir la emoción de comparar los cambios. Todos lo que quisieron pudieron salir con libertad a expresarse y manifestarse, en un ambiente seguro y protegido por las autoridades encargadas de guardar la seguridad y el orden de las ciudades y algo de gran trascendencia, pudieron ver al máximo gobernante del país, dándole la bienvenida al máximo representante de la fe que profesa la mayoría de los mexicanos.
La visita del Papa puede enriquecer a los mexicanos, no sólo por el gozo que proporcionó a quienes disfrutaron con ella, también ayudará el conocer la biografía de Benedicto XVI, ya que su vida es un ejemplo de compromiso y de congruencia con el tiempo que le tocó vivir en la trágica historia de la Europa del siglo XX y cómo desde su niñez asumió el papel que su Patria le demandaba.
A los 14 años, en 1941 el niño Joseph Ratzinger, se vinculó a la juventud Hitleriana y en 1943 fue reclutado con toda su clase para incorporarla al ejército alemán y fue puesto a trabajar en la defensa de la frontera de Hungría en preparación para la ofensiva del ejército rojo. Era miembro de la infantería, pero no le tocó combatir en el frente. Fue internado en un campo de prisioneros y repatriado después.
Ingresó al Seminario de San Miguel y a la Universidad de Munich y se ordenó Sacerdote. Participó en el Concilio Vaticano Segundo como asesor teológico del Cardenal de Colonia. Se percibía como un reformista por su apoyo a las posiciones del Concilio, en particular a un documento que proclamaba la libertad religiosa y el respeto a las otras religiones. En 1981 el Papa Juan Pablo II lo nombró Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y el 19 de abril de 2005 fue electo Papa con el nombre de Benedicto XVI.
El Papa conocía a México desde lejos y desde lejos vivió el recibimiento que México le dio a su antecesor Juan Pablo II en sus visitas a nuestro país; tal vez no esperaba que la bienvenida a su persona fuera igual al de él, pero estoy segura que quedó gratamente sorprendido al ver el entusiasmo y fervor de los católicos en el Bajío, jóvenes en su mayoría, que lo saludaron a lo largo de 38 Km. que abarcó el recorrido del aeropuerto a la residencia que lo hospedaría. A los jóvenes se había dirigido en la Jornada Mundial de la Juventud diciéndoles: “Ahora que la cultura dominante desprecia la búsqueda de la verdad absoluta, debemos proponer con coraje el valor universal de Cristo”. Y en Guanajuato vio el entusiasmo de los jóvenes mexicanos que se alegraron con su llegada.
El presidente de México Felipe Calderón, acompañado de su esposa Margarita Zavala y de representantes del Poder Ejecutivo y Judicial, así como de algunos gobernadores y miembros del Gabinete, al darle la bienvenido le dijo al Papa que llegaba a un pueblo “que ha sufrido mucho por la violencia del crimen organizado, México ha sufrido la violencia descarnada y despiadada de los criminales… y su visita nos llena de alegría en momentos de gran tribulación”. El presidente Calderón reivindicó también la libertad religiosa como parte del Estado Laico y afirmó que esta visita “refleja una nueva época en los vínculos entre México y el Estado Vaticano”.
El Papa expresó a su llegada que desea que nadie se sienta extraño en su propia tierra y que el país tenga un crecimiento en concordia y desarrollo integral y afirmó que “es responsabilidad de la Iglesia educar conciencias contra las drogas”. Expresó también que la causa de la violencia es la “idolatría del dinero” y conociendo a México pidió superar la “esquizofrenia entre la moral individual y la moral pública”.
Guanajuato se volcó en un alegre recibimiento al visitante que se definió como el “mensajero de la fe, la esperanza y la caridad”, y les recordó que “la dignidad humana se expresa de manera eminente en el derecho a la libertad religiosa”. Los Cristeros ya desaparecidos, desde donde ahora se encuentran, seguramente que escucharon esto con gran sentimiento de alegría, paz y tranquilidad, al saber que la tierra que regaron con su sangre ha dado estos frutos de libertad. Y Benedicto XVI cerró su bienvenida con un consejo para todos los mexicanos: “No se entristezcan como los que no tienen esperanza”.
María Elena Álvarez de Vicencio
(Columna de La Crónica de Hoy)

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